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viernes, 8 de enero de 2016

Saul Yurkievich "Tres ficciones que simulan ser verdades"

Revista de estudios Cervantinos Nº 9 / octubre noviembre 2008 / www.estudioscervantinos.org
Tres ficciones que simulan ser verdades
Saúl Yurkievich

Voy a referirme a tres ficciones que simulan ser verdades, tres versiones o tres visiones de El Quijote. Son tres prosas breves que corresponden a: Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Juan José Arreola. En todos estos textos, los tratamientos son sutilmente irónico-humorísticos.

El humor de Kafka, como todo humor, provoca con respecto a Sancho Panza y a don Quijote, una inversión de papeles. Revierte no sólo la condición de ambos personajes, sino también la de Miguel de Cervantes. Don Quijote en esa prosa breve, que con burlona prevención Kafka titula La verdad sobre Sancho Panza, deja de ser la proyección fantasiosa de Cervantes para convertirse en endemoniada obsesión de Sancho. (Se puede decir que Kafka elimina a Cervantes y crea una especie de circuito cerrado entre Sancho y el Quijote).
El zafio y bonachón escudero se troca en empeñoso escritor que, con el correr de los años, consigue componer una cantidad considerable de novelas, algunas de caballería otras de pícaros o truhanes y, a la par, este Sancho está acosado por el loco fantasma del Quijote; es decir, el Quijote que es un engendro, que es una proyección fantasmática, en el magín de Sancho se desmide y desboca a tal extremo que Sancho quiere desembarazarse de él, no puede convertirlo en personaje porque este Quijote no acata los designios de ese novelista prudente que es Sancho; este Quijote, con sus extravagancias, se extralimita, sobrepasa los marcos propios del género de aventuras tal cual como se practicaba en la época. Quijote, como personaje, no resulta manejable por Sancho escritor que, como sabemos, encarna el quicio de lo consabido; aquí es una especie de novelista prudente, remanido. Sancho representa una imaginación atinada, una prudencia épica; el Quijote es un demonio que desbarata a tal punto la conveniencia novelesca que Sancho se esfuerza por sacárselo de encima. Y por fin lo consigue; es decir, se lo saca de su fuero íntimo, lo aparta, sí, y el Quijote, liberado de esa estrechez que es la mente de Sancho que lo retiene, se lanza a cabalgar en pos de sus quiméricas hazañas. Sancho Panza, con la calma que lo caracteriza, decide seguirlo y, entonces aquí, el texto de Kafka se bifurca en dos conjeturas: o Sancho sigue al Quijote porque Sancho se siente responsable de haber concebido esa criatura tan descabezada, o —conjetura Kafka— lo sigue por curiosidad.
Según Kafka, el Quijote resulta un loco inofensivo —es muy importante esta diferencia—, es un loco inocente que no está en sus cabales y que actúa por despropósito, pero sin premeditación; no tiene un plan, no tiene objetivo final. Esto asegura Kafka, quien predice las burocracias totalitarias que sobrevendrán poco después. El Quijote es lo contrario de, por ejemplo, Torquemada inquisidor, de Hitler o de Stalin.
Según Kafka, Sancho acompañando a don Quijote encuentra un esparcimiento útil y jocoso. Halla algo así como un entretenimiento aleccionador. Sancho es aquí el autor, una especie de Cervantes disminuido. El Quijote es, aquí, fantasma autónomo que actúa fuera de la mente de Sancho, y también fuera de la letra. El Quijote es un mito que se pone a vivir por sí mismo, a pervivir en la imaginación colectiva.
Sancho, como Cervantes —Cervantes disminuido—, es aquel que lo sigue y testifica de sus divertidas andanzas. Sancho —según Kafka— es el que saca provecho moral o humano de ese loco que es el Quijote; Sancho es el encargado de la moraleja, o sea de reflexionar y de aleccionarnos.
En La verdad sobre Sancho Panza, Kafka suele servirse del gran acervo de cuentos y leyendas (el patrimonio mítico de la humanidad) con distancia irónica y echa mano de los recursos proverbiales o paradigmáticos del humor; por un lado, como en este caso, la reversión axiológica; por otra parte, la irrisión, la puesta en ridículo, la sorpresa, el descendimiento o la visión desde abajo. Lo cierto es que pocas veces el tierno Kafka recurre al humor negro; esto es, a la suspensión del juicio moral o afectivo, pocas veces recurre al humor perverso. El papel que en tanto humorista se adjudica consiste, como vemos con su versión de El Quijote, en restablecer una supuesta verdad que contradice la versión canónica. Del mismo modo procede Kafka en otro texto que se titula El callar de las sirenas. En esta parábola, Ulises logra salvarse del hechizo de las sirenas mediante recursos pueriles como taparse los oídos con cera y hacerse amarrar al mástil de su embarcación. Ulises obra con entera confianza en su ardid, que las sirenas no cantan, las sirenas callan. La felicidad que su rostro refleja, la soberbia victoriosa que en sus ojos las sirenas ven, las hace callar. Ulises no oye a las sirenas porque ellas no cantan, porque quedan atónitas y sólo procuran apresar el fulgor de los grandes ojos de Ulises, gozar de esa dicha. El subterfugio de Ulises desarma a las sirenas, no por lo astuto sino por su candorosa soberbia.

La paradoja de Kafka prueba que, con medios insuficientes, alguien puede salvarse de la aniquilación, no por la eficacia del recurso, sino por la falla del aniquilador.
Con respecto a Prometeo, encadenado al Cáucaso por haber traicionado a los dioses, Kafka hace cuatro conjeturas y se queda con la cuarta: transcurridos los milenios, a partir del castigo, todo se borra por cansancio, desaparece la cólera divina, desaparecen las águilas que devoran el hígado, desaparece la herida y desaparece el herido, sólo queda la montaña, queda nada más lo inexplicable, la roca del Cáucaso. La leyenda intenta explicar a su modo lo prodigioso o sobrenatural. La leyenda por momentos vuelve a asentarse en una base verídica, como para hacer pie, pero cuando la leyenda hace pie en la verdad entra en una especie de somnolencia, en una somnolencia veraz. La verdad es para la leyenda un momento de letargo, la leyenda pronto debe volver a su condición connatural, es la extraña maravilla.

Del mismo modo que Kafka, su modelo más moderno, procede Borges en una prosa breve titulada Un problema, cabal ejemplo de literatura conjetural. En Borges, literarias son las fuentes, literario el planteamiento y literaria la resolución. Como Kafka en Prometeo, ramifica las hipótesis que esta legendaria suposición motiva. Son tres hipótesis relacionadas con el mundo de Cervantes, que es el de Alonso Quijano, autor de El Quijote y, por ende, el del Quijote, su alucinada proyección. Pero Borges nos propone una cuarta conjetura, que es una manera de dilatar a la vez y de anular las otras; es una conjetura remota, transcultural y transgeográfica que nos transporta a un ámbito remoto, el cual nos pone en acción o en ficción un infinito negativo que torna ilusorios a los personajes, las acciones, los medios y el universo que los involucra.
Sigo a Borges. Se descubre en Toledo un manuscrito de Cide Hamete Benengeli de quien Cervantes derivó el Don Quijote. Según este texto hallado, don Quijote da muerte a un hombre. Borges supone tres presumibles reacciones: según la primera, nada sucede porque en el alucinado mundo del Quijote la muerte es tan común como la magia; matar a un hombre no inmuta a quien se bate con engendros de hechicería. Según la segunda conjetura, la situación se vuelve patética; ver al muerto, comprender que es víctima de un sueño cainita, le hace al Quijote despertar de su locura y asumir definitivamente esa culpa que es la culpa del homicida. La tercera es la más verosímil, pero no la más seductora. Consiste, por supuesto, en el efecto de lo real: la realidad del muerto requiere como compensación la realidad de la causa y entonces don Quijote no sale de su locura sino que se instala definitivamente en ella. La cuarta, la más borgiana, es aquella que equipara al Quijote con un rey de los ciclos indostánicos para quien engendrar y matar trascienden la condición humana, tocan o caben al inexorable orden de los dioses.

Don Quijote, ante el cadáver de su contendiente: «sabe que el muerto es ilusorio como lo son la espada sangrienta que le pesa en la mano y él mismo y toda su vida pretérita y los vastos dioses y el universo». Si el parangón se sitúa a escala cósmica, toda existencia y todo acto humano se minimizan, cuentan como un grano de arena en la infinitud del desierto. También a modo de parábola, gusta bordar Borges la historia de Cervantes y su Quijote para reivindicar el perenne y fabuloso poder del mito, el triunfo absoluto de la literatura, esa fábrica de quimeras y de pesadillas, sobre la realidad. En la Parábola de Cervantes y el Quijote el viejo soldado, el mutilado de guerra, harto de campañas y combates, hastiado de la pedestre estrechez de su tierra, busca refugio placentero en las fabulaciones del Ariosto, como ésa de Astolfo sobre la luna (Orlando furioso, Canto XXXIV) donde dice:
En los blancos valles de la luna se encuentra la fama que no resiste al tiempo, las plegarias hechas de mala fe, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo perdido de los jugadores y, en ampollas selladas, la razón de los dementes.
Tal lectura de maravillas, según Borges, induce a Cervantes a imaginar a otro lector harto crédulo que pretende emularlas allí —en su terruño, en La Mancha— donde para nada tienen lugar; las transplanta a un lugar tan modesto como ignoto, el Toboso, que es lo antagónico de las portentosas geografías del Orlando furioso. Borges dice:
A las vastas y vagas geografías del Amadís, Cervantes opone los polvorientos caminos y los sórdidos mesones de Castilla.
Don Quijote muere vencido por la España sanchesca del XVII, ya confundido con Cervantes, su creador, que poco lo sobrevive. Con el tiempo, soñador y soñado se vuelven anverso y reverso de una misma medalla, avatares, ambos, de una misma ilusión literaria. Así, en Borges, la oposición entre libros de caballería, entre pasado fabulado por la leyenda que lo transfigura en mito y mundo común —el mundo del Toboso— asolado por la guerra, la miseria y la frustración, esta diferencia, también se borra.
Con el tiempo la Mancha y el Quijote, realzados por el poder poético de un libro legendario, se vuelven tan fabulosos como el Oriente de Simbad, porque en el principio de la literatura está la metáfora y el mito y al final también. Al principio y al final, igualmente, está el sueño, el incierto sueño de alfanjes y hechiceros que dará lugar al sueño del hidalgo que se sueña don Quijote. Alonso Quijano cumple minuciosamente el destino que para él soñó un árabe, cuyo libro adquirió un soldado en la Alcaná de Toledo. El libro fue quemado por un cura y un barbero, pero el Quijote seguirá cumpliendo siempre con su predestinada biografía porque su aventura ya no pertenece a nadie o pertenece a todos. Por eso, un simbolista de Nîmes, devoto de Poe, Pierre Menard dedica su vida no a componer un remedo o parodia de El Quijote, sino el mismo Quijote. A partir de, como dice Borges, «la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito», es decir, a partir de las condiciones imaginarias que generaron el primer Quijote «su admirable ambición era producir unas páginas que coincidan —palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes». Ya sabemos por el arte de la lectura, o por el arte de la recepción, que está condicionado por el horizonte de conciencia cada época; sabemos que las mismas palabras del Quijote que Menard reconstituye con su sofística operación dicen más —y ésa es la paradoja— que las originales, connotan un mundo más rico y más sutil, o sea, el mundo nuestro.
El juego conjetural de Borges, afecto a los desdoblamientos, interpolaciones, anacronismos y reflejos de reflejos, todo lo multiplica, desdibuja y confunde, todo lo abstrae, relativiza y anula, equiparando al soñador Cervantes con el soñado Quijote en una infinita concatenación de ficciones presentes y remotas, de inclusiones que todo afantasman, que nos afantasman.

Juan José Arreola, émulo de Borges y de Kafka, pero menos especulativo que ambos y mucho más lascivo, va a infundir su vehemente sensualidad al mito quijotesco.
Empedernido amador que alternativamente execra e idolatra a la mujer, porque sabe inevitable ese libidinoso cautiverio, Arreola convierte al Quijote en un san Antonio o san Jerónimo, anacoretas en vano tentados por eróticos delirios.
En «Teoría de Dulcinea», de Cantos de mal dolor, el caballero alucinado por sus lecturas es, sin advertirlo él, asediado por la mujer concreta, una corpulenta, una carnosa, una pulposa, una fogosa campesina que huele a sudor y a oveja que a cada rato entra en el aposento del hidalgo demente mientras él fábula la inalcanzable dama de sus ensueños, vago fantasma femenino hecho de virtudes y de faldas superpuestas. Como dice Arreola, para merecerla, el paladín debe llenar cuatrocientas páginas de patrañas caballerescas y embusteras proezas. En lugar de gozar a la campesina de carne y hueso inmediatamente ofrecida al apetito viril, el caballero se echa a trotar mundo, combatiendo con corderos y molinos en pos de «un pomposo engendro de fantasía». Furibundo y maltrecho, vuelve a su casa a dictar un escueto, un cavernoso testamento. Pero ante su tumba es la desdeñada, la concupiscible pastora, la única que derrama, por amor insatisfecho, lágrimas verdaderas.
Aquí, con Arreola, la literatura tiene el mal papel, representa la engañifa de la evasión evanescente que hace olvidar al cuerpo y sus reclamos sensuales; ella, la literatura, nos aparta del mundo inmediato, del mundo al alcance de cada órgano con que materialmente querremos gozarlo.
Kafka y Borges descarnan, especulan con lo incorpóreo, con los incorporales abstractos; Arreola carnaliza o carnavaliza, tira para abajo, tira de la cintura para abajo, restablece la vigencia visceral o instintiva, restablece por escrito, mediante signos sensibles y a la vez alegóricos, el rudo, el rústico imperio del vigor sexual.

Saúl Yurkievich (Argentina, 1931-2005), creador y crítico literario. Fue catedrático en la Universidad de París y en otras universidades europeas y americanas. Desde 1966 vivió en Francia. En 1984 ganó uno de los Pushcart Prizes, otorgados a las mejores publicaciones en el rubro de revistas literarias. En 1987 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim; en 1992 y 1996, fue jurado del Premio Internacional Juan Rulfo. Entre sus obras de creación literaria destacamos: Volanda linde lumbre, Fricciones, Acaso acoso, Vaivén y El sentimiento del sentido; y entre sus trabajos de crítica: Fundadores de la nueva poesía latinoamericana, Celebración del modernismo, A través de la trama, Julio Cortázar: mundos y modos, El cristal y la llama y Suma crítica. Participó como ponente en el X Coloquio Cervantino Internacional (1998) en la ciudad de Guanajuato.

domingo, 26 de octubre de 2014

Eduardo Galeano "Espejos. Una historia casi universal"



 

Don Quijote

 Marco Polo había dictado su libro de las maravillas en la cárcel de Génova.
 Exactamente tres siglos después, Miguel de Cervantes, preso por deudas, engendró a don Quijote de  La Mancha en la cárcel de Sevilla.
 Y ésa fue otra aventura de la libertad, nacida en prisión.
 Metido en su armadura de latón, montado en su rocín hambriento, don Quijote parecía destinado al perpetuo ridículo. Este loquito se creía personaje de novela de caballería y creía que las novelas de caballería eran libros de historia.
 Pero los lectores, que desde hace siglos nos reímos de él, nos reímos con él.

 Una escoba es un caballo para el niño que juega, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura compartimos las estrafalarias desventuras de don Quijote y las hacemos nuestras. Tan nuestras las hacemos que convertimos en héroe al antihéroe, y hasta le atribuimos lo que no es suyo. Ladran, Sancho, señal que cabalgamos es la frase que los políticos citan con más frecuencia. Don Quijote jamás la dijo.
 El caballero de la triste figura llevaba más de tres siglos y medio de malandanzas por los caminos del mundo, cuando el Che Guevara escribió la última carta a sus padres. Para decir adiós, no eligió una cita de Marx. Escribió: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo.
 Navega el navegante, aunque sepa que jamás tocará las estrellas que lo guían.

Eduardo Galeano - Espejos. Una historia casi universal.

martes, 30 de abril de 2013

Capitulo II don Quijote. Elisa Corona




Al final del capítulo II de la segunda parte del Quijote, Sancho Panza se sorprende al enterarse, por boca del bachiller Sansón Carrasco, de que la historia de su patrón circula en forma de libro bajo el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Aparecen allí no sólo don Quijote, Sancho Panza y la señora Dulcinea; se cuentan además cosas que han pasado a solas el caballero y su acompañante. ¿Cómo puede ser?, le pregunta el escudero a su patrón. Don Quijote, acostumbrado a ver por todas partes signos de encantamiento, responde: «Te aseguro, Sancho, que debe ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia, que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir». Y sin embargo, el capítulo termina cuando, aguijoneado por la curiosidad, el flaco caballero envía a Sancho a buscar al bachiller para conocer de primera mano la noticia de sus aventuras puestas en libro.
    Don Quijote, loco genial, deduce que si su historia se ha convertido en libro debe ser por obra de algún sabio entendido en
cosas de magia. Llama la atención que en su locura sólo haya una disyuntiva: la posibilidad de que el sabio autor sea amigo o enemigo de los seres que narra. Al saberse personaje y cuestionar a su autor, don Quijote da el salto a la novela moderna. Con el hecho de asumirse como amigo o enemigo de quien lo está construyendo en el papel, el hidalgo altera el rumbo natural de la anécdota escrita, pues pone al mismo nivel al escritor y a los personajes. Más que una ocurrencia o una coincidencia, la frase amigo o enemigo encarna el debate múltiple que hoy nos convoca. Un debate que se mueve entre las dualidades maestro-alumno, ficción-verdad, forma-fondo, tradición-vanguardia………

                                                                               Elisa Corona

sábado, 20 de abril de 2013

Giovani Papini



Don Quijote cree (o finge creer) en los antiguos caballeros; pero Sancho cree en Don Quijote, lo que es una fe más difícil. Sancho encuentra en la creciente veneración por su dueño un ideal terreno inmensamente alejado de sus bienes seguros: tiene un sueño, y cuando llega a realizarlo en la ínsula, demuestra estar más enamorado de la justicia que de la riqueza. En el fondo, el único loco verdadero del libro es Sancho, y cualquier antítesis del acostumbrado género metafísico entre él y el Caballero resulta, por esta evidencia, imposible. (“Soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo” II, X, V.183)                        
                                                                                                       
Giovani Papini

lunes, 10 de diciembre de 2012

j. Luis Borges "Don Quijote"



Jorge Luis Borges - Don Quijote



Conferencia pronunciada en la Universidad de Austin en 1968

Puede parecer una tarea estéril e ingrata discutir una vez más el tema de Don Quijote, ya que se han escrito sobre él tantos libros, bibliotecas enteras, bibliotecas aún más abundantes que la que fue incendiada por el piadoso celo del sacristán y el barbero. Sin embargo, siempre hay placer, siempre hay una suerte de felicidad cuando se habla de un amigo. Y creo que todos podemos considerar a Don Quijote como un amigo. Esto no ocurre con todos los personajes de ficción. Supongo que Agamenón y Beowulf resultan más bien distantes. Y me pregunto si el príncipe Hamlet no nos hubiera menospreciado si le hubiéramos hablado como amigos, del mismo modo en que desairó a Rosencrantz y Guildenstern. Porque hay ciertos personajes, y esos son, creo, los más altos de la ficción, a los que con seguridad y humildemente podemos llamar amigos. Pienso en Huckleberry Finn, en Mr. Pickwick, en Peer Gynt y en no muchos más.

Pero ahora hablaremos de nuestro amigo Don Quijote. Primero digamos que el libro ha tenido un extraño destino. Pues de algún modo, apenas si podemos entender por qué los gramáticos y académicos le han tomado tanto aprecio a Don Quijote. Y en el siglo XIX fue alabado y elogiado, diría yo, por las razones equivocadas. Por ejemplo, si consideramos un libro como el ejercicio de Montalvo, Capítulos que se le olvidaron a Cervantes, descubrimos que Cervantes fue admirado por la gran cantidad de proverbios que conocía. Y el hecho es que, como todos sabemos, Cervantes se burló de los proverbios haciendo que su rechoncho Sancho los repitiera profusamente. Entonces, la gente consideraba a Cervantes un escritor ornamental. Y debo decir que a Cervantes no le interesaba para nada la escritura ornamental; la escritura refinada no le agradaba demasiado, y leí en alguna parte que la famosa dedicatoria de su libro al Conde de Lemos fue escrita por un amigo de Cervantes o copiada de algún libro, ya que él mismo no estaba especialmente interesado en escribir esa clase de cosas. Cervantes fue admirado por su «buen estilo», y por supuesto las palabras «buen estilo» significan muchas cosas. Si pensamos que Cervantes nos transmitió el personaje y el destino del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, tenemos que admitir su buen estilo, o, más bien, algo más que un buen estilo, porque cuando hablamos de buen estilo pensamos en algo meramente verbal.

Me pregunto cómo hizo Cervantes para lograr ese milagro, pero de algún modo lo logró. Y recuerdo ahora una de las cosas más notables que he leído, algo que me produjo tristeza. Stevenson dijo: «¿Qué es el personaje de un libro?». Y respondió: «Después de todo, un personaje es tan sólo una ristra de palabras».

Es cierto, y sin embargo, lo consideramos una blasfemia. Porque cuando pensamos, digamos, en Don Quijote o en Huckleberry Finn o en Peer Gynt o en Lord Jim, sin duda no pensamos en ristras de palabras. También podríamos decir que nuestros amigos están hechos de ristras de palabras y, por supuesto, de percepciones visuales. Cuando en la ficción nos encontramos con un verdadero personaje, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó. Sabemos que hay cientos de cosas que no conocemos, y que sin embargo existen. De hecho, hay personajes de ficción que cobran vida en una sola frase. Y tal vez no sepamos demasiadas cosas sobre ellos, pero, especialmente, lo sabemos todo. Por ejemplo, ese personaje creado por el gran contemporáneo de Cervantes. Shakespeare: Yorick; el pobre Yorick, es creado, diría, en unas pocas líneas. Cobra vida. No volvemos a saber nada de él, y sin embargo sentimos que lo conocemos. Y tal vez, después de leer Ulises, conocemos cientos de cosas, cientos de hechos, cientos de circunstancias acerca de Stephen Dedalus y de Leopold Bloom. Pero no los conocemos como a Don Quijote, de quien sabemos mucho menos.

Ahora voy al libro mismo. Podemos decir que es un conflicto entre los sueños y la realidad. Esta afirmación es, por supuesto, errónea, ya que no hay causa para que consideremos que un sueño es menos real que el contenido del diario de hoy o que las cosas registradas en el diario de hoy. No obstante, como debemos hablar de sueños y realidad, porque también podríamos, pensando en Goethe, hablar de Wahrheit und Dichtung, de verdad y poesía. Pero cuando Cervantes pensó escribir este libro, supongo que consideró la idea del conflicto entre los sueños y la realidad, entre las proezas consignadas en los romances que Don Quijote leyó y que fueron tomadas del Matière de Bretagne, del Matière France y demás y la monótona realidad de la vida española a principios del siglo XVII. Y encontramos este conflicto en el título mismo del libro. Creo que, tal vez, algunos traductores ingleses se han equivocado al traducir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha como The ingenious knight: Don Quijote de la Mancha, porque las palabras «Knight» y «Don» son lo mismo. Yo diría tal vez «the ingenious country gentleman», y allí está el conflicto.

Pero, por supuesto, durante todo el libro, especialmente en la primera parte, el conflicto es muy brutal y obvio. Vemos a un caballero que vaga en sus empresas filantrópicas a través de los polvorientos caminos de España, siempre apelado y en apuros. Además de eso, encontramos muchos indicios de la misma idea. Porque por supuesto, Cervantes era un hombre demasiado sabio como para no saber que, aun cuando opusiera los sueños y la realidad, la realidad no era, digamos, la verdadera realidad, o la monótona realidad común. Era una realidad creada por él; es decir, la gente que representa la realidad en Don Quijote forma parte del sueño de Cervantes tanto como Don Quijote y sus infladas ideas de la caballerosidad, de defender a los inocentes y demás. Y a lo largo de todo el libro hay una suerte de mezcla de los sueños y la realidad.

Por ejemplo, se puede señalar un hecho, y me atrevo a decir que ha sido señalado con mucha frecuencia, ya que se han escrito tantas cosas sobre Don Quijote. Es el hecho de que, tal como la gente habla todo el tiempo del teatro en Hamlet, la gente habla todo el tiempo de libros en Don Quijote. Cuando el párroco y el barbero revisan la biblioteca de Don Quijote, descubrimos, para nuestro asombro, que uno de los libros ha sido escrito por Cervantes, y sentimos que en cualquier momento el barbero y el párroco pueden encontrarse con un volumen del mismo libro que estamos leyendo. En realidad eso es lo que pasa, tal vez lo recuerden, en ese otro espléndido sueño de la humanidad, el libro de Las mil y una noches. Pues en medio de la noche Scherezade empieza a contar distraídamente una historia y esa historia es la historia de Scherezade. Y podríamos seguir hasta el infinito. Por supuesto, esto se debe a, bueno, a un simple error del copista que vacila ante ese hecho, si Scherezade contando la historia de Scherezade es tan maravilloso como cualquier otro de los maravillosos cuentos de las Noches.

Además, también tenemos en Don Quijote el hecho de que muchas historias están entrelazadas. Al principio podemos pensar que se debe a que Cervantes puede haber pensado que sus lectores podrían cansarse de la compañía de Don Quijote y de Sancho y entonces trató de entretenerlos entrelazando otras historias. Pero yo creo que lo hizo por otra razón. Y esa otra razón sería que esas historias, la Novela del curioso impertinente, el cuento del cautivo y demás, son otras historias. Y por eso está esa relación de sueños y realidad, que es la esencia del libro. Por ejemplo, cuando el cautivo nos cuenta su cautiverio, habla de un compañero. Y ese compañero, se nos hace sentir, es finalmente nada menos que Miguel de Cervantes Saavedra, que escribió el libro. Así hay un personaje que es un sueño de Cervantes y que, a su vez, sueña con Cervantes y lo convierte en un sueño. Después, en la segunda parte del libro, descubrimos, para nuestro asombro, que los personajes han leído la primera parte y que también han leído la imitación del libro que ha escrito un rival. Y no escatiman juicios literarios y se ponen del lado de Cervantes. Así que es como si Cervantes estuviera todo el tiempo entrando y saliendo fugazmente de su propio libro y, por supuesto, debe haber disfrutado mucho de su juego.

Por supuesto, desde entonces otros escritores han jugado ese juego (permítanme que recuerde a Pirandello) y también una vez lo ha jugado uno de mis escritores favoritos, Henrik Ibsen. No sé si recordarán que al final del tercer acto de Peer Gynt hay un naufragio. Peer Gynt está a punto de ahogarse. Está por caer el telón. Y entonces Peer Gynt dice: «Después de todo, nada puede ocurrirme, porque, ¿cómo puedo morir al final del tercer acto?». Y encontramos un chiste similar en uno de los prólogos de Bernard Shaw. Dice que de nada le serviría a un novelista escribir «se le llenaron los ojos de lágrimas, pues vio que a su hijo sólo le quedaban unos pocos capítulos de vida». Y yo diría que fue Cervantes quien inventó este juego. Salvo que, por supuesto, nadie inventa nada, porque siempre hay algunos malditos antecesores que han inventado muchísimas cosas antes que nosotros.

Entonces tenemos en Don Quijote un doble carácter. Realidad y sueño. Pero al mismo tiempo Cervantes sabía que la realidad estaba hecha de la misma materia que los sueños. Es lo que debe haber sentido. Todos los hombres lo sienten en algún momento de su vida. Pero él se divirtió recordándonos que aquello que tomamos como pura realidad era también un sueño. Y así todo el libro es una suerte de sueño. Y al final sentimos que, después de todo también nosotros podemos ser un sueño.

Y hay otro hecho que me gustaría recordarles: cuando Cervantes habló de La Mancha, cuando habló de los caminos polvorientos, de las posadas de España a principios del siglo XVII, pensaba en ellas como cosas aburridas, como cosas muy ordinarias. Algo muy semejante sentía Sinclair Lewis al hablar de Main Street, y cosas así. Y sin embargo ahora palabras como La Mancha tienen una significación romántica porque Cervantes se burló de ellas.

Y hay otro hecho que me gustaría recordarles. Cervantes, como él mismo dijo dos o tres veces, quería que el mundo olvidara los romances de caballería que él acostumbraba leer. Y sin embargo si hoy se recuerdan nombres tales como Palmerín de Inglaterra, Tirant lo Blanc, Amadís de Gaula y otros, es porque Cervantes se burló de ellos. Y de algún modo esos nombres ahora son inmortales. Entonces uno no debe quejarse si la gente se ríe de nosotros, porque por lo que sabemos, esa gente puede inmortalizarnos con su risa.

Por supuesto, no creo que tengamos la suerte de que se ría de nosotros un hombre como Cervantes. Pero seamos optimistas y pensemos que podría ocurrir.

Y ahora llegamos a otra cosa. Algo que es tal vez tan importante como otros hechos que ya les he recordado. Bernard Shaw dijo que un escritor sólo podía tener tanto tiempo como el que le diera su poder de convicción. Y, en el caso de Don Quijote, creo que todos estamos seguros de conocerlo. Creo que no hay duda posible de nuestra convicción en cuanto a su realidad. Por supuesto, Coleridge escribió sobre una voluntaria suspensión del descreimiento. Ahora me gustaría entrar en detalles acerca de mi afirmación.

Creo que todos nosotros creemos en Alonso Quijano. Y, por raro que parezca, creemos en él desde el primer momento en que nos es presentado. Es decir, desde la primera página del primer capítulo. Y sin embargo, cuando Cervantes lo presentó ante nosotros, supongo que sabía muy poco de él. Cervantes debe haber sabido tan poco como nosotros. Debe haber pensado en él como héroe, o como el eje de una novela de humor, pero no se ve ningún intento de entrar en lo que podríamos llamar su psicología. Por ejemplo, si otro escritor hubiera tomado el tema de Alonso Quijano, o de cómo Alonso Quijano se volvió loco por leer demasiado, hubiera entrado en detalles acerca de su locura. Nos hubiera mostrado el lento oscurecimiento de su razón. Nos hubiera mostrado cómo todo empezó con una alucinación, cómo al principio jugó con la idea de ser un caballero errante, cómo por fin se lo tomó en serio, y tal vez todo eso no le hubiera servido de nada a ese escritor. Pero Cervantes meramente nos dice que se volvió loco. Y nosotros le creemos.

Ahora bien, ¿qué significa creer en Don Quijote? Supongo que significa creer en la realidad de su personaje, de su mente. Porque una cosa es creer en un personaje, y otra muy diferente es creer en la realidad de las cosas que le ocurrieron. En el caso de Shakespeare es muy claro. Supongo que todos creemos en el príncipe Hamlet, que todos creemos en Macbeth. Pero no estoy seguro de que las cosas ocurrieran tal como Shakespeare nos cuenta en la corte de Dinamarca, ni tampoco que creemos en las tres brujas de Macbeth.

En el caso de Don Quijote, estoy seguro de que creemos en su realidad. No estoy seguro -tal vez sea una blasfemia, pero después de todo, estamos hablando entre amigos, les estoy hablando a todos ustedes; es algo diferente, ¿no?, estoy hablando en confianza-, no estoy del todo seguro de que creo en Sancho como creo en Don Quijote. Pues a veces siento que pienso en Sancho como un mero contraste de Don Quijote. Y después están los otros personajes. Me parece que creo en Sansón Carrasco, creo en el cura, en el barbero, tal vez en el duque, pero después de todo no tengo que pensar mucho en ellos, y cuando leo Don Quijote tengo una sensación extraña. Me pregunto si compartirán esta sensación conmigo. Cuando leo Don Quijote, siento que esas aventuras no están allí por sí mismas. Coleridge comentó que cuando leemos Don Quijote nunca nos preguntamos «¿y ahora qué sigue?», sino que nos preguntamos qué ocurrió antes, y que estamos más dispuestos a releer un capítulo que a continuar con uno nuevo.

¿Cuál es la causa? La causa, supongo, es que sentimos, al menos yo siento, que las aventuras de Don Quijote son meros adjetivos de Don Quijote. Es una argucia del autor para que conozcamos profundamente al personaje. Es por eso que libros como La ruta de Don Quijote, de Azorín, o la Vida de Don Quijote y Sancho de Unamuno, nos parecen de algún modo innecesarios. Porque toman las aventuras o la geografía de las historias demasiado en serio. Mientras que nosotros realmente creemos en Don Quijote y sabemos que el autor inventó las aventuras para que nosotros pudiéramos conocerlo mejor.

Y no sé si esto no es cierto con respecto a toda la literatura. No sé si podemos encontrar un solo libro, un buen libro, del que aceptemos el argumento aunque no aceptemos a los personajes. Creo que eso no ocurre nunca, creo que para aceptar un libro tenemos que aceptar a su personaje central. Y podemos pensar que estamos interesados en las aventuras, pero en realidad estamos más interesados en el héroe. Por ejemplo, aun en el caso de otro gran amigo nuestro -y le pido disculpas a él y ustedes por no haberlo mencionado-, Mr. Sherlock Holmes, no sé si creemos verdaderamente en El perro de los Baskerville. No lo creo, al menos yo creo en Sherlock Holmes, creo en el Dr. Watson, creo en esa amistad.

Y lo mismo ocurre con Don Quijote. Por ejemplo, cuando cuenta las extrañas cosas que vio en la cueva de Montesinos. Y sin embargo, yo siento que él es un personaje muy real. Las historias no tienen nada especial, no se ve ninguna ansiedad especial en la urdimbre que las une, pero son, en cierto sentido, como espejos, como espejos en los que podemos ver a Don Quijote. Y sin embargo, al final, cuando él vuelve, cuando vuelve a su pueblo natal para morir, sentimos lástima de él porque tenemos que creer en esa aventura. El siempre había sido un hombre valiente. Fue un hombre valiente cuando le dijo estas palabras al caballero enmascarado que lo derribó: «Dulcinea del Toboso es la dama más bella del mundo, y yo el más miserable de los caballeros». Y sin embargo, al final, descubrió que toda su vida había sido una ilusión, una necedad, y murió de la manera más triste del mundo, sabiendo que había estado equivocado.

Ahora llegamos a lo que tal vez sea la escena más grande de ese gran libro: la verdadera muerte de Alonso Quijano. Tal vez sea una lástima que sepamos tan poco de Alonso Quijano. Sólo nos es mostrado en una o dos páginas antes de que se vuelva loco. Y sin embargo, tal vez no sea una lástima, porque sentimos que sus amigos lo abandonaron. Y entonces también podemos amarlo. Y al final, cuando Alonso Quijano descubre que nunca ha sido Don Quijote, que Don Quijote es una mera ilusión, y que está por morirse, la tristeza nos arrasa, y también a Cervantes.

Cualquier otro escritor hubiera cedido a la tentación de escribir un «pasaje florido». Después de todo, debemos pensar que Don Quijote había acompañado a Cervantes muchos años. Y, cuando le llega el momento de morir, Cervantes debe haber sentido que se estaba despidiendo de un viejo y querido amigo. Y, si hubiera sido peor escritor, o tal vez si hubiera sentido menos pena por lo que estaba pasando, se hubiera lanzado a una «escritura florida».

Ahora estoy al borde de la blasfemia, pero creo que cuando Hamlet está por morir, creo que tendría que haber dicho algo mejor que «el resto es silencio». Porque eso me impresiona como escritura florida y bastante falsa. Amo a Shakespeare, lo amo tanto que puedo decir estas cosas de él y esperar que me perdone. Pero bien, también diré: Hamlet, «el resto es silencio»... no hay otro que pueda decir eso antes de morir. Después de todo, era un dandy y le encantaba lucirse.

Pero en el caso de Don Quijote, Cervantes se sintió tan sobrecogido por lo que estaba ocurriendo que escribió: «El cual entre suspiros y lágrimas de quienes lo rodeaban», y no recuerdo exactamente las palabras, pero el sentido es «dio el espíritu, quiero decir que se murió». Ahora bien, supongo que cuando Cervantes releyó esa oración debe haber sentido que no estaba a la altura de lo que se esperaba de él. Y sin embargo, también debe haber sentido que se había producido un gran milagro. De algún modo sentimos que Cervantes lo lamenta mucho, que Cervantes está tan triste como nosotros. Y por eso se le puede perdonar una oración imperfecta, una oración tentativa, una oración que en realidad no es imperfecta ni tentativa sino un resquicio a través del cual podemos ver lo que él sentía.

Ahora, si me hacen algunas preguntas trataré de responderlas. Siento que no he hecho justicia al tema, pero después de todo, estoy un poco conmovido. He vuelto a Austin después de seis años. Y tal vez ese sentimiento ha superado lo que siento por Cervantes y por Don Quijote. Creo que los hombres seguirán pensando en Don Quijote porque después de todo hay una cosa que no queremos olvidar: una cosa que nos da vida de tanto en tanto, y que tal vez nos la quita, y esa cosa es la felicidad. Y, a pesar de los muchos infortunios de Don Quijote, el libro nos da como sentimiento final la felicidad. Y sé que seguirá dándoles felicidad a los hombres. Y para repetir una frase trillada y famosa, pero por supuesto todas las expresiones famosas se vuelven trilladas: «Algo bello es una dicha eterna». Y de algún modo Don Quijote -más allá del hecho de que nos hemos puesto un poco mórbidos, de que todos hemos sido sentimentales con respecto a él-  es esencialmente una causa de dicha. Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a Don Quijote.


domingo, 25 de noviembre de 2012

Perez Galdos (Episodios Nacionales, Bailen)



Ésto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, su propia desnudez y monotonía, que, si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D. Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha. En un país montuoso, fresco, verde, poblado de agradables sombras, con lindas casas, huertos floridos, luz templada y ambiente espeso, D. Quijote no hubiera podido existir y habría muerto en flor, tras la primera salida, sin asombrar al mundo con las grandes hazañas de la segunda.
Don Quijote necesitaba aquel horizonte, aquel suelo sin caminos, y que, sin embargo, todo él es camino; aquella tierra sin direcciones, pues por ella se va a todas partes, sin ir determinadamente a ninguna; tierras surcadas por las veredas del acaso, de la aventura, y donde todo cuanto pase ha de parecer obra de la casualidad o de los genios de la fábula; necesitaba de aquel sol que derrite los sesos y hace a los cuerdos locos; aquel campo sin fin donde se levanta el polvo de imaginarias batallas, produciendo, al transparentar de la luz, visiones de ejércitos de gigantes, de torres, de castillos; necesitaba aquella escasez de ciudades que hace más rara y extraordinaria la presencia de un hombre o de un animal; necesitaba aquel silencio cuando hay calma, y aquel desaforado rugir de los vientos cuando hay tempestad; calma y ruido que son igualmente tristes y extienden su tristeza a todo lo que pasa, de modo que si se encuentra un ser humano en aquellas soledades, al punto se le tiene por un desgraciado, un afligido, un menesteroso, un agraviado que anda buscando quien le ampare contra los opresores y tiranos; necesitaba, repito, aquella total ausencia de obras humanas que representen el positivismo, el sentido práctico, cortapisas de la imaginación, que la detendrían en su insensato vuelo; necesitaba, en fin, que el hombre no pusiera en aquellos campos más muestras de su industria y de su ciencia que los patriarcales molinos de viento, a los cuales sólo el lenguaje faltaría para ser colosos, inquietos y furibundos, que desde lejos llaman y espantan al viajero con sus gestos amenazadores.

Pérez Galdos /Episodios Nacionales/Bailen

domingo, 7 de octubre de 2012

Thomas Mann "Travesía marítima de don Quijote"


M A N N , E N T R E LOS A D M I R A D O R E S A L E M A N E S DE C E R V A N T E S
Travesía marítima con don Quijote

Texto de la conferencia pronunciada por el profesor Kurt Spang en
la Universidad de Navarra, en octubre pasado, con ocasión de la Semana
Cultural Hispano-Alemana, que se celebra desde hace trece años
en dicha universidad.
Lo que faltaba: don Quijote viajando por el mar. Tal vez, después de
tanto Quijote por tierra, tampoco vendría mal mandarle de viaje por
el mar para bajar de alguna manera la fiebre desencadenada por tantos
afanes quijotescos con ocasión del cuarto centenario.
Pero no es eso. El viaje que emprendió Thomas Mann en 1934 por
el Atlántico a Nueva York no es más que el motivo externo para que el
premio Nobel alemán se llevase como lectura de viaje el Quijote. «El
Don Quijote es un libro universal y para un viaje al nuevo mundo es
justo lo apropiado», constata Mann1. De ahí el título Meerfahrt mit Don
Quijote («Viaje por el mar con Don Quijote»), una mezcla entre apuntes
de diario y observaciones y comentarios sobre las lecturas del Quijote,
hechas entre el 19 y el 29 de mayo de 1934. De las apenas cien páginas
que ocupa este librito, una tercera parte se dedica a apuntes sobre
la lectura del Quijote y el resto describe episodios y detalles del propio
viaje que era el primero que realizó Mann. Además, seguramente para
abultar, la editorial inserta una serie de fotos del matrimonio Mann y de
varios barcos transatlánticos que utilizó hasta 1951 para sus viajes a Estados
Unidos y a Europa.
No es mi intención comentar todas las observaciones muy interesantes
que apunta Thomas Mann sobre el Quijote, porque no dispongo del
espacio suficiente. En el fondo, el punto que llama la atención es el hecho
de que el Quijote pudo interesar y fascinar a nuestro novelista como pudo
entusiasmar también a miles de lectores alemanes durante el Romanticismo
en el siglo XIX. Hubo muchos alemanes en aquel entonces que
aprendieron español sólo para poder leer el Quijote en el idioma original.
Una circunstancia que contrasta llamativamente con el actual desinterés
y a menudo aburrimiento que suele producir la novela, a pesar de que
se considera la pionera y fundadora de la novela moderna.
He seleccionado algunas de las consideraciones capaces de explicarnos
el interés de Mann por esta obra literaria y capaces quizá también
de despertar el interés general por la novela y profundizar en conocimientos,
en caso de que ya se haya superado una eventual aversión.
OBRA DE TRADUCTORES Una de las primeras observaciones parte
del hecho de que Thomas Mann —que
no sabía español— leyó la novela en la admirable traducción de Ludwig
Tieck, cuya labor Mann elogia profusamente.
Pero no es el hecho más destacable para él sino que, en el Quijote,
el propio Cervantes finge que la novela no es obra suya sino una traducción,
la traducción de un libro escrito en árabe por un tal Cide Hamete
Benengeli, escritor moro cuyo manuscrito encuentra el narrador
en un mercado de Toledo y que manda traducir al castellano a otro
moro con el que tropieza por casualidad en el mismo mercado. ¿Por qué
Cervantes inventa esta circunstancia?
La costumbre de atribuir la autoría de un libro a una persona ficticia
no era, y todavía hoy no es rara, porque entre otras cosas ofrecía la
ventaja de que el autor real no tenía que responsabilizarse de lo escrito
—podía así sortear la censura—. De ese modo los autores encontraban
menos reparos para criticar libremente la sociedad en la que vivía; como
en nuestro caso, por ejemplo, la manía de sus contemporáneos de leer
libros de caballerías.
Es algo parecido a la crítica de un autor actual que vituperara la
manía de seguir en televisión Gran hermano o las cargantes telenovelas
interminables. Es más, para Cervantes la crítica de la lectura de libros
de caballerías se transforma en el motivo principal y en la estructura básica
de la novela ya que, en la ficción novelística, el propio don Quijote
era lector afanoso de este tipo de literatura fantástica y su propósito
de convertirse en caballero andante para socorrer a los necesitados y
ayudar a los desamparados tiene su origen en las lecturas indiscriminadas
y poco críticas de numerosos libros de caballerías.
Superficialmente, esta circunstancia podría sugerir al lector del Quijote
que Cervantes ha querido avisar del peligro de que la lectura de este
tipo de libros hace que los lectores pierdan la cordura y se vuelvan ridículos.
De hecho numerosas generaciones de lectores han leído el Quijote
como mero pasatiempo entretenido y gracioso. Thomas Mann, sin
embargo, es de otra opinión y llama la atención sobre las múltiples facetas
de los protagonistas: «Don Quijote permanece loco, su obsesión de caballero
andante le obliga a ello, pero el capricho anacrónico también es
fuente de nobleza, limpieza y amenidad reales, de una cortesía atractiva
que merece respeto en todas sus manías, las corporales y espirituales, de
modo que las risas acerca de su figura triste y grotesca siempre están mezcladas
con respeto y sorpresa simpatizante. El hidalgo sin tachadura sigue
atractivo a pesar del comportamiento lastimoso y sublime a la vez. El espíritu,
a pesar de su caprichosa actuación, lo ennoblece y hace que su
dignidad moral salga ilesa de cualquier humillación» (pág. 25).
Mann ha visto muy claramente que no se hace justicia al caballero
de la triste figura considerándolo únicamente un payaso maniático, pues
Cervantes ha querido darle una categoría humana mucho más profunda
y respetable, ejemplar y universal. A menudo esta dimensión no se
descubre porque las lecturas se detienen frecuentemente en los meros
acontecimientos superficiales. Se lee el qué y a lo sumo el cómo, pero
pocas veces se trata de averiguar el porqué, es decir, el motivo por el
cual el autor inventa estas circunstancias.
UN AMANTE IDEAL Por debajo de las manías de don Quijote se
halla la nobleza del fiel admirador imperturbable
de la sin par hermosa Dulcinea; un amor irreal y demasiado idealista
pero fiel y constante como ya quedan pocos. El Quijote es en el
fondo un canto y una alabanza de la fidelidad amorosa. Por debajo de
sus manías hallamos la dignidad del idealista que lucha por el bien a
pesar de la engañosa y oportunista forma de vivir de la mayoría de la
gente. Don Quijote está dispuesto a recibir palos y arriesga castigos y
engaños, pero no pierde la fe en la bondad del hombre y en la posibilidad
de hacer el bien y ayudar al prójimo a pesar de todo. ¡Menudo ejemplo
en los tiempos que corren! Además, por anticuado, no se ha vuelto
inválido.
A Mann le llama la atención que Cervantes escoja adrede situaciones
grotescas que deja atravesar a su protagonista porque también pretende
censurar y satirizar las exageraciones de los libros de caballerías,
que son verdaderos compendios de exageraciones e inverosimilitudes.
Sin embargo, pensando en nuestro presente deberíamos preguntarnos:
¿cuántos Quijotes nos harían falta en la sociedad actual para contrarrestar
las intrigas, bellaquerías y corrupciones a las que estamos expuestos?
¿Cuántos quedan dispuestos a defender desinteresadamente a
los desamparados y socorrer a los necesitados en nuestros días?
UN ESPAÑOL SOBRE OTRO ESPAÑOL Acerca de Sancho Panza observa
Thomas Mann: «Este
gordinflón, con sus mil refranes, su salero y su sentido común campesino
no comparte las "ideas" ya que no le traen más que palizas sino que cuida
de su alforja; y sin embargo, se ilusiona por este espíritu, siente cariño por
su amo bueno y absurdo; no le abandona a pesar de que estar a su servicio
no le trae más que incordios; al contrario, le guarda fidelidad sincera y admirativa
a pesar de que de vez en cuando tiene que mentirle. Esto es maravilloso,
llena su figura de humanidad y la eleva por encima de la esfera
de la mera comicidad hacia lo humorístico entrañable» (págs. 25-26).
No es casual que Cervantes ponga al lado de su caballero idealista y
soñador este personaje que contrasta con él en casi todos los aspectos.
Es el representante de la cordura y del sentido común, es el realista que
ve las cosas como son y conoce los bajos fondos de la sociedad y de la
humanidad. Lo inventa Cervantes para bajar de las nubes a su amo,
aunque no siempre lo consigue o lo consigue sólo cuando él solo o los
dos ya hayan recibido una de las abundantes palizas que se reparten en
la novela. Sancho sabe que la vida es así, que no todo es coser y cantar
como hubiera podido comentar aprovechando el pozo de dichos y proverbios
del que siempre está dispuesto a sacar ejemplos apropiados (y no
tan apropiados).
Sancho representa para Thomas Mann un rasgo característico del
pueblo español: su actitud ante la noble locura —léase idealismo— a
la que no tiene más remedio que servir. Habrá que preguntarse si esta
caracterización de lo español habrá sido válida en 1934; y además habría
que añadir que, si existe, no era y incluso hoy no es un rasgo exclusivamente
español, pues todos admiramos —aunque sea inconscientemente—
la persona que a pesar de los contratiempos defiende
ideales, lucha por el bien y contra el mal. Todos llevamos un pequeño
Quijote dentro de nosotros, aunque muchos lo arrinconen en lo más
recóndito de sus corazones. ¿Quién no admira, por lo menos por sus
adentros, la grandeza de espíritu, la magnanimidad y la caballerosidad
desinteresadas?
«La humanidad —comenta Thomas Mann— se dobla ciertamente
ante el éxito, ante los hechos consumados del poder, incluso cuando se
inician con un crimen. Pero en el fondo no olvida lo feo humano, la injusticia
violenta y la brutalidad que ocurre en su seno, sin su simpatía no
se puede mantener un éxito de poder e industria. La historia es la realidad
común para la cual uno ha nacido, para la cual uno debe esforzarse
y en la cual fracasa la magnanimidad inadaptada de don Quijote. Ello
resulta cautivador y gracioso a la vez» (págs. 26-27).
Nuestro héroe es un modelo de aguante ante los percances que pudo
padecer una persona entonces y que puede sufrir hoy y siempre; en el
fondo, don Quijote es un pequeño Job admirable, de los que ya no quedan
muchos ejemplares. Pero no es un sufridor humilde y resignado,
sino un luchador y emprendedor, con ganas de enfrentarse con el peligro
y de arreglar el mundo. Es más —y esto llama la atención de Thomas
Mann—, al lado de las muestras palpables de locura idealista,
el caballero da muestras de una cordura que admira a los personajes
con los que se encuentra y que admiran hasta el lector de hoy en día.
Don Quijote pronuncia unos discursos llenos de saber y sabiduría humanísticos.
Los comenta Mann como sigue: «Son excelentes estos discursos;
por ejemplo, uno sobre la educación o sobre poesía natural y artística
que pronuncia ante su compañero de viaje, el Caballero del Verde
Gabán, están llenos de cordura, de justicia, de benevolencia humana y
nobleza formal, de modo que el del Verde Gabán duda con razón y finalmente
abandona totalmente la opinión de que don Quijote fuese loco,
que se había formado al principio. Pero eso es lo que se intenta mostrar y
también el lector debe abandonar esta opinión. [...] El respeto [de Cervantes]
ante la criatura de su propia invención crece continuamente durante
la narración, este proceso es quizá lo más fascinante en toda la novela,
es incluso una novela aparte que coincide con el creciente respeto
ante la obra misma que fue concebida modestamente como tosca broma
satírica, sin hacerse una idea de qué rango simbólico-humano había de alcanzar
la figura del protagonista» (pág. 43).
El lector que considere estos contrastes como mero juego o simple
variación de temas y formas de presentación no ha entendido el propósito
de Cervantes y no interpretará debidamente la novela. Don Quijote
es el idealista ingenuo, cegado por sus sueños de mejorar el mundo
y tropezando continuamente con la incomprensión y la ceguera de la
gente que no quiere ver la verdad y el bien, gente que se ha arreglado en
esta vida y se resiste a ser sacada de sus casillas.
LA RIDICULEZ DEL IDEALISMO. He aquí el valor universal y eterno
de la novela porque también es
una prueba de que el hombre es terco en sus autoengaños e inalterable
en sus actuaciones aunque sean falsas y perjudiciales. Muestra también
que los idealistas con frecuencia ven defectos e infracciones donde no
los hay, muestra que el idealismo ofuscado es tan ciego como el oportunismo
y el egoísmo.
Los episodios que inventa Cervantes para mostrar la ridiculez del
idealismo ciego son realmente brutales e inmisericordes. Piensen ustedes
en la pesadumbre que prepara Sancho sin querer a don Quijote,
guardando unos quesos frescos en el yelmo de su amo: al ponerselo éste,
empiezan a derretirse de modo que don Quijote teme que se le esté
ablandando el cerebro o que esté sudando un sudor horrible que podría
hacer creer a los demás que se debe al miedo.
Este tipo de «jugadas» al héroe tiene tanto de sarcástico y de salvaje
como el hecho de encerrar a don Quijote en una jaula y llevarlo sobre
un carro a su pueblo. Son quizá los momentos más abominables y degradantes
para don Quijote. Sin embargo, en realidad Cervantes no
quiere humillar a su protagonista, al contrario, lo quiere y lo honra.
Thomas Mann se pregunta: «¿No tiene aires de mortificación, de autohumillación
y autocastigo esta crueldad? Sí, a mí me resulta como si
alguien abandonara aquí su tantas veces vilipendiada fe en los ideales,
en el hombre y en su ennoblecimiento y que esta conformidad con la
realidad ordinaria fuese realmente la definición del humor» (pág. 49).
No carece de justificación esta suposición de Thomas Mann: Cervantes
está, por así decir, vengándose a título personal de los agravios y
las desilusiones que ha debido sufrir él mismo como ciudadano. Se desahoga
en su novela por las injusticias personales sufridas.
HACIA EL FINAL. Tal vez deba interpretarse también en esta línea
el final de la novela. Como se sabe, en el lecho
de muerte don Quijote se arrepiente, reconoce que fue un error dejarse
engañar por las utópicas ideas de los libros de caballerías, el hacerse caballero
andante y el haber creído que pudiese mejorar el mundo.
Este final se halla en un contraste extremo con lo que Thomas
Mann considera el objetivo supremo de las actuaciones de don Quijote
y de toda la novela. Se refiere al «capítulo maravilloso narrado con una
comicidad patética que revela el auténtico entusiasmo del poeta frente
a la locura heroica de su protagonista. Su contenido es extrañamente
conmovedor y grandiosamente ridículo. El encuentro con el carro cargado
de leones que manda el general de Orán a la corte como regalo
para el rey. El suspense con que se leen estas páginas, después de todo
lo que se sabe ya de la magnanimidad ciega e infructuosa de don Quijote,
y en las que insiste sin dejarse desviar por ninguna objeción racional;
estas páginas testimonian del arte extraordinario del narrador de
variar el mismo motivo a través de todas las posibles transformaciones
y, sin embargo, mantenerlo fresco y efectivo (págs. 62-63).
En este episodio don Quijote pretende desafiar a unos leones insistiendo
en luchar contra ellos; pero los leones ni le hacen caso, ni bajan
de la jaula abierta por el guardián después de insistirle enérgicamente
don Quijote.
Por tanto, no basta querer luchar y demostrar su valor; si el adversario
ni te hace caso, todo tu valor es inútil e infructuoso. Eso es lo que
don Quijote descubre también en el lecho de muerte: no se debe luchar
si la causa no es adecuada.
Thomas Mann no está satisfecho con este final, porque teme que
con esta muerte tan razonable y tan trivial pueden también desaparecer,
o por lo menos infravalorar, los ideales por los que luchó su héroe. Ciertamente
Cervantes ha conseguido parodiar y ridiculizar los libros de
caballerías, lo cual era su primer propósito; pero si con ello provoca la
desaparición de los nobles ideales por los que se comprometió don Quijote
surge el riesgo de que el lector considere que este final podría desprestigiar
o incluso acabar con los esfuerzos continuos de hacer el bien
contra viento y marea. Así Don Quijote de la Mancha dejaría de ser el
libro ejemplar, modelo de todas las novelas modernas y además el libro
de más prestigio de la literatura española, sino que dejaría también de
ser demostración de un comportamiento que imperturbablemente se
empeña en luchar por la verdad y el bien. Porque sólo por esta razón el
Quijote se ha convertido en un libro universal y ha sobrevivido la ficticia
muerte de su héroe.
N O T A S

1 Thomas Mann, Essays, vol. 4: Achtung, Europa! 1933-1938, Frankfurt am Main: S. Fischer
Verlag 1995, pp. 14-15 Citamos y traducimos de la edición Meerfahrt mit Don Quijote, de la
misma editorial y publicada en 2003 con indicación de la página entre paréntesis.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cervantes y las mujeres



Texto de : Jaime Gonzalez (bloc)
La novela pastoril de Grisóstomo y Marcela se desarrolla entre los capítulos XI a XIV de la primera parte. Marcela es tan bella y atractiva que todos los pastores de la comarca andan enamorados de ella, quien, no obstante, reparte equitativamente calabazas a todos sus admiradores. Grisóstomo ha sido rechazado como todos los demás, y, al no poder superar la negativa, ha optado por suicidarse.

Cuando vuelven del entierro, los compañeros de Grisóstomo se encuentran con Marcela y se enojan con ella, culpándola del suicidio de aquel que tanto sufrió por "celos, sospechas y ausencia".

La ideología dominante en el siglo XVII era el machismo: Las mujeres debían someterse a las elecciones de los hombres, tanto en lo económico como en lo emocional, y así era lo habitual en toda la literatura amorosa que desde los tiempos del “amor cortés” hasta las novelas pastoriles se había publicado.

Pero Marcela se rebela y - desde la pluma de Cervantes - pide la libertad de elección para la mujer. Este es su encendido discurso, aplaudido al final por el caballero don Quijote.

……………………………………………………………….
[Dice Marcela:] — Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura , y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.

(…) Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso . Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amaséis? Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es el cielo me la dio de gracia, sin yo pedirla ni escogerla. (…)

Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquel que, por solo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos : los árboles de estas montañas son mi compañía; las claras aguas de estos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. (…).

El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elección es excusado . Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y entiéndase de aquí adelante que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. (…)

Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito a aquel ; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. (...)

Don Quijote y la libertad



Comenzaremos por el elogio de la libertad que pronuncia don Quijote al salir del castillo de los Duques :

-- La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo !

(Capítulo 58, II parte)

domingo, 1 de julio de 2012

El Quijote I, 18



...Y has de saber,  Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla de Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha, es el de su enemigo, rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo,
porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.....................
.....y pusiéronse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a  don Quijote se le hicieron ejercito, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
   Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado,rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran  duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbaran de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos estotra parte, y verás delante y en la frente destroto ejercito al siempre vencedor y jamás vencido  Timonel de Carcajona, principe de la Nueva Vizcaya,  que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el  escudo un gato de oro en campo leonado,  con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que según se dice, es la sin par,  Miulina, hija del duque Alfeñiquen del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque,  que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte......
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y de cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y como no descubría a ninguno, le dijo: -Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced  dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá  todo debe ser encantamiento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? –respondió don Quijote-: ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa- respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.

                                                        Quijote, I, 18.

jueves, 17 de mayo de 2012

Frank Kafka "La verdad sobre Sancho Panza"

LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA
  Gracias a un cúmulo de historias de bandidos y de novelas de caballerías leidas durante noches y veladas, Sancho Panza, que, por cierto, jamás se vanaglorió de ello, logró a lo largo de los años, durante las horas del atardecer y de la noche, alejar de sí a su demonio, al que luego daría el nombre de don Quijote, redactando una enorme cantidad de novelas de caballería y de bandoleros con las que distrajo, de tal forma que después éste se lanzó sin freno a las gestas más alocadas, las cuales, por faltarles su ejecutor predeterminado, que tenía que haber sido precisamente Sancho Panza, no perjudicaron a nadie. Quizás llevado por un cierto sentido de la responsabilidad, Sancho Panza, que era un hombre libre, siguió estoicamente a don Quijote en sus andanzas, lo que le procuró hasta el fin una diversión llena de utilidad y grandeza
FRANK KAFKA

miércoles, 18 de abril de 2012

"Pobre Alonso Quijano" de Milan Kundera


Pobre Alonso Quijano.

   Un pobre hidalgo de aldea, Alonso Quijano, ha decidido ser un caballero andante y se ha dado por nombre Don Quijote de la Mancha. ¿Cómo definir su identidad? Es el que no es.
Le roba a un barbero la bacía de cobre, que toma por un yelmo. Mas tarde, el barbero llega por casualidad  a la venta donde se encuentra don Quijote rodeado de gente; ve su bacía y quiere llevársela. Pero don Quijote lleno de Orgullo, se niega a tomar un yelmo por una bacía. De pronto un objeto aparentemente tan sencillo se convierte en pregunta. ¿cómo probar, por otra parte, que una bacía en la cabeza no es un yelmo? Los traviesos parroquianos, para divertirse, dan con la única manera objetiva de demostrar la verdad: el voto secreto. Todos los presentes participan, y el resultado es inequívoco: el objeto es reconocido como yelmo. ¡ Admirable broma oncológica ¡!
Don quijote esta enamorado de Dulcinea. Solo la ha visto furtivamente, o tal vez nunca. Está enamorado, pero, como dice él mismo, sólo “porque tan propio y natural es de los caballeros ser enamorados como el cielo tener estrellas. Infidelidades, traiciones, decepciones amorosas, cualquier literatura narrativa las conoce desde siempre. Pero en Cervantes lo que se cuestiona no son los amantes, sino el amor, la noción misma de amor. Porque ¿Qué es el amor si se ama a una mujer sin conocerla? ¿Una simple decisión de amar? O incluso ¿una imitación? El asunto nos concierne a todos: si, desde la infancia, los ejemplos de amor no nos incitaran a seguirlos, ¿Sabríamos qué quiere decir amar?
Un pobre hidalgo de aldea, Alonso Quijano, ha inaugurado para nosotros la historia del arte de la novela mediante tres preguntas sobre la existencia: ¿Qué es la identidad de un individuo? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el amor?
                                                                                  Milan Kundera (“El Telón)

martes, 17 de abril de 2012

Carlos Fuentes "En esto creo"

La moderna incertidumbre de Don Quijote no excluye, sin embargo, la persistencia de valores que la modernidad debe preservar o prolongar para no dispersarse moralmente. Uno es el amor y, en este punto, Don Quijote no se engaña. Idealiza a Dulcinea pero, en un sorprendente pasaje , admite que Dulcinea es Aldonza la garrida labriega. Pero ¿No es esta la cualidad del amor, capaz de transformar a la amada en algo incomparable, situado por encima de toda consideración de riqueza o pobreza, vulgaridad o nobleza? “Y así –dice D. Quijote-, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco…Píntola en mi imaginación como la deseo…Y diga cada uno lo que quisiere.”
   El otro es el honor, la integridad personal, y en este punto, la llegada de D. Quijote al castillo de los Duques es el episodio más revelador. Hasta ese momento, el Caballero de la Triste Figura creía que las posadas eran castillos y las camareras princesas. Ahora, cuando los Duques le ofrecen un castillo de verdad y princesas autenticas (más una insula para que la gobierne Sancho), la ilusión quijotesca se desploma. La realidad le roba su imaginación. El amor se vuelve cruel: las farsas de Clavileño y de la Dueña Adolorida. Cuando los sueños de Quijote se vuelven realidad, Quijote ya no puede imaginar.
   Regresa a su aldea. Pierde su locura sólo para morir……
                                                                      Carlos  Fuentes (“En esto creo”)