Un pobre hidalgo de aldea, Alonso Quijano, ha inaugurado para nosotros la historia del arte de la novela mediante tres preguntas sobre la existencia: ¿Qué es la identidad de un individuo? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el amor?
Milan Kundera (“El Telón)
De tus muchísimos amantes guardas destrezas, inesperados sesgos, caprichos repentinos y falsas negativas que una sonrisa desmantela, quizá la intermitencia de unos ojos hincados en el goce y bruscamente, sin aviso, esa obstinada negativa a abrir los párpados, no sé, cosas esquivas, cambios que remontan a gustos superpuestos, a músicas distintas, a tantos bares donde diferentes manos te leyeron y donde diferentes nombres entraron en tu alerta indiferencia de pasajera, de indescifrable francotiradora.
A mi vez dejaré en tu piel la huella de estas ceremonias, de hábitos definidos, de maneras y de ángulos, oh arena donde tantos arquitectos levantaron sus torres y sus puentes para que el viento las llevara mientras tú te volvías al malecón o al bar virgen a tu manera, la manera mejor y más hermosa de ser virgen dadora de las playas para los nuevos juegos.
Los artistas del movimiento denominado fauvismo,
con Matisse al frente, trataton de crear una forma nueva de
pintar rompiendo así con el tradicional uso del color, del dibujo y de la
perspectiva, elementos demasiados fieles a la realidad. Se puede decir que son
de alguna forma quienes dan el pistoletazo de salida a la revolución de
la pintura del siglo XX.
En una de sus obras más conocidas: "La raya
verde", Matisse representa a su esposa. Esta se
encuentra levemente ladeada respecto al plano de espectador y solo podemos
verla de medio busto hacia arriba. A pesar de su intensidad cromática, la obra
es sosegada, calmada. La intención del artista se centra en
representar el rostro deforma
esencial, reduciendo el uso de formas innecesarias. La raya verde
que divide el rostro en dos y que es tal vez el elemento más característico de
la obra no está situada de forma arbitraria, pues sirve como eje de separación
entre el espacio iluminado y el sombreado. Lo habitual hubiese sido
pintarlo de forma convencional, pero Matisse traduce la luz al color, de tal
forma que el lado de tonos fríos simula la parte en sombre y el lado de colores
cálidos la parte iluminada. Llama también la atención el fondo, ya que en éls e
rechaza la armonía tradicional del colores. Y es precisamente esa
contraposición de colores verdes, naranjas y violetas lo que produce un avance
y retroceso de la superficie y crea un cierto ritmo que sugiere volumen y
profundidad. (Manuel Jesus T.C)
Por si acaso
llovizna por tu calle
y quieres secar tu cuerpo
entre mis brazos
Por si el
silencio te acomete
y recuerdas el lenguaje extraño
que aprendiste a mi lado
Por si
regresas
a humedecer de lunas los recuerdos
Por si el
trópico te reclama impaciente
entre sus verdes
O por si
acaso es de noche en tu morada
dejaré la puerta abierta
Maria Clara Gonzalez(Bogotá, Colombia, 1952) es una
poeta, cuentista, traductora, ensayista y crítica con siete libros de poesía
publicados en la actualidad y un análisis literario sobre el papel de las
poetas de la Generación del 27.
Poema de Cortázar escrito tras la muerte de Pizarnik,
dedicado a ella.
“Puesto que el Hades no existe,
seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Sin equipajes ni papeles,
dando por óbolo un cuaderno
o un lápiz de color.
-Acéptalos, barquero: nadie pagó más
caro
el ingreso a los Grandes
Transparentes,
al jardín donde Alicia la esperaba.”
“Bicho aquí,
aquí contra esto,
pegada a las palabras
te reclamo.
Ya es la noche, vení”.
A los pocos días de recibir esta carta, el 25 de septiembre
de 1972 Alejandra se suicidó con tan sólo 36 años de edad, tras tomar 50
pastillas de seconal. Es imposible saber si realmente los
sentimientos de Alejandra Pizarnik por Julio Cortázar traspasaron la barrera de
la amistad y la admiración. Lo único que nos queda de esta historia, son los
poemas y cartas que ambos se dedicaron.
Así como en
la roca nunca vemos
La clara flor abrirse,
Entre un pueblo hosco y duro
No brilla hermosamente
El fresco y alto ornato de la vida.
Por esto te mataron, porque eras
Verdor en nuestra tierra árida
Y azul en nuestro oscuro aire.
Leve es la
parte de la vida
Que como dioses rescatan los poetas.
El odio y destrucción perduran siempre
Sordamente en la entraña
Toda hiel sempiterna del español terrible,
Que acecha lo cimero
Con su piedra en la mano.
Triste sino
nacer
Con algún don ilustre
Aquí, donde los hombres
En su miseria sólo saben
El insulto, la mofa, el recelo profundo
Ante aquel que ilumina las palabras opacas
Por el oculto fuego originario.
La sal de
nuestro mundo eras,
Vivo estabas como un rayo de sol,
Y ya es tan sólo tu recuerdo
Quien yerra y pasa, acariciando
El muro de los cuerpos
Con el dejo de las adormideras
Que nuestros predecesores ingirieron
A orillas del olvido.
Si tu ángel
acude a la memoria,
Sombras son estos hombres
Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
La muerte se diría
Más viva que la vida
Porque tú estás con ella,
Pasado el arco de tu vasto imperio,
Poblándola de pájaros y hojas
Con tu gracia y tu juventud incomparables.
Aquí la
primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y sólo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento.
Igual todo
prosigue,
Como entonces, tan mágico,
Que parece imposible
La sombra en que has caído.
Mas un inmenso afán oculto advierte
Que su ignoto aguijón tan sólo puede
Aplacarse en nosotros con la muerte,
Como el afán del agua,
A quien no basta esculpirse en las olas,
Sino perderse anónima
En los limbos del mar.
Pero antes
no sabías
La realidad más honda de este mundo:
El odio, el triste odio de los hombres,
Que en ti señalar quiso
Por el acero horrible su victoria,
Con tu angustia postrera
Bajo la luz tranquila de Granada,
Distante entre cipreses y laureles,
Y entre tus propias gentes
Y por las mismas manos
que un día servilmente te halagaran.
Para el
poeta la muerte es la victoria;
Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
Y si una fuerza ciega
Sin comprensión de amor
Transforma por un crimen
A ti, cantor, en héroe,
Contempla en cambio, hermano,
Cómo entre la tristeza y el desdén
Un poder más magnánimo permite a tus amigos
en un rincón pudrirse libremente.
Tenga tu
sombra paz,
Busque otros valles,
Un río donde del viento
Se lleve los sonidos entre juncos
Y lirios y el encanto
Tan viejo de las aguas elocuentes,
En donde el eco como la gloria humana ruede,
Como ella de remoto,
Ajeno como ella y tan estéril.
Halle tu
gran afán enajenado
El puro amor de un dios adolescente
Entre el verdor de las rosas eternas;
Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
Tras de tanto dolor y dejamiento,
Con su propia grandeza nos advierte
De alguna mente creadora inmensa,
Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
Y luego le consuela a través de la muerte.
Luis Cernuda
De: La realidad y el deseo (1924-1962)
– VII Las nubes
Donde fuiste
feliz alguna vez
no debieras volver jamás: el tiempo
habrá hecho sus destrozos, levantado
su muro fronterizo
contra el que la ilusión chocará estupefacta.
El tiempo habrá labrado,
paciente, tu fracaso
mientras faltabas, mientras ibas
ingenuamente por el mundo
conservando como recuerdo
lo que era destrucción subterránea, ruina.
Si la
felicidad te la dio una mujer
ahora habrá envejecido u olvidado
y sólo sentirás asombro
−el anticipo de las maldiciones.
Si una taberna fue, habrá cambiado
de dueño o de clientes
y tu rincón se habrá ocupado
con intrusos fantasmagóricos
que con su ajeneidad te empujan a la calle, al vacío.
Si fue un barrio, hallarás
entre los cambios del urbano progreso
tu cadáver diseminado.
No debieras
volver jamás a nada, a nadie,
pues toda historia interrumpida
tan sólo sobrevive
para vengarse en la ilusión, clavarle
su cuchillo desesperado,
morir asesinando.
Mas sabes
que la dicha es como un criminal
que seduce a su víctima,
que la reclama con atroz dulzura
mientras esconde la mano homicida.
Sabes que volverás, que te hallas condenado
a regresar, humilde, donde fuiste feliz.
Sabes que
volverás
porque la dicha consistió en marcarte
con la nostalgia, convertirte
la vida en cicatriz;
y si has de ser leal, girarás errabundo
alrededor del desastre entrañable
como girase un perro ante la tumba
de su dueño… su dueño… su dueño…
“Persistencia de la memoria” según Dalí, estos relojes blandos
representan “el camembert del tiempo" por ser, según palabras del autor
“tiernos, extravagantes, solitarios y paranoico-críticos”.
El hecho de dar una textura blanda a sus relojes llama la atención y hace que
nos fijemos más detenidamente en ellos, tratando de descifrar su significado.
Sabemos que el autor nos presenta un cuadro cargado de simbolismo, que encaja
perfectamente con el movimiento surrealista. En él, el tiempo y la memoria son
los grandes protagonistas dentro de un paisaje onírico.
“Excesos a mi edad es dormir poco, comer sin cálculo,
fumar como un carretero y beber como lo que soy, un taciturno alcohólico
social, que cuando deja de hacer lo que esté haciendo solo encuentra consuelo
en algún lugar en el que sirvan copas y donde vea gente a su alrededor, o que
solo sabe divertirse en la barra de un bar, mejor solo que acompañado, pero
viendo gente que va y viene. En la nueva
etapa, irá creciendo el índice de dolor que invierta por cada gramo de
belleza o de simple satisfacción obtenidos. Es uno de los axiomas de la vejez,
que llega a ratos sigilosa, y en otros momentos, impúdica: diciendo altiva que
ya está aquí, dándole golpes y patadas a tu puerta para que se la abras cuanto
antes, como si su retaguardia –la dama de la guadaña– tuviera prisa por hacer su
trabajo. Si no tengo más que cincuenta y seis años, un niño según los cánones
contemporáneos: pero arrugas y manchas en la piel aparecen de un día para otro.
Últimamente reclaman mi atención (nunca había hecho caso de esas cosas, me miro
poco en el espejo, me afeito y peino en un pispás). La piel cambia deprisa.
Aunque procuro no fijarme, el espejo me muestra el deterioro, añadiéndolo a las
aprensiones que nuestra época nos entrega a cualquier edad, miedo al cáncer, a
la hipertensión, al colesterol, al azúcar, a la sal: han aparecido unas manchas
negras en la mejilla izquierda y una parte de dicha mejilla se ha oscurecido,
amenazante: como si, dentro de poco, la sombra fuera a ocupar buena parte del
rostro y a oscurecerse aún más. Pienso en un cáncer de piel, en el sida, aunque
seguramente no son más que rasgos que regala generosamente la vejez que tanta
prisa tiene. Finjo que no lo noto, pero lo noto, y aquí escribo que lo noto. Los solitarios (sería mejor decir los
solterones), además, pensamos que todas esas cosas nos apartan de los contactos
sentimentales o simplemente sexuales. Cada vez menos posibilidades de gustar a
nadie, y los que vivimos solos únicamente gustando a alguien podemos gozar de
esas compañías esporádicas que se suponen necesarias para el equilibrio. Entras
en algún local de ligue y descubres que nadie te mira o que, si alguien cruza
por azar la mirada contigo, la aparta con precipitación. Le diriges a alguien
la palabra y te dice: no, es que estoy cansado, o casado, o tengo prisa; esos son
los signos que anuncian que lo peor está
empezando a llegar. Aún hay más. Demasiadas veces te invade la sensación de
que ni siquiera tienes acceso. Es decir, que ves a alguien que te gusta y ni
siquiera te atreves a pensar en dirigirle la palabra, porque constatas que es
de otra época, de otro tiempo, que está en el escaparate de un local al que no
tienes acceso; piensas que tu tiempo con
él ya ha pasado. No sé cómo ni desde cuándo, pero esa sensación es cada vez
más frecuente. La sensación de estar cerca de algo hermoso que no es para ti, ya no. Te da vergüenza mancharlo hasta
con la mirada.”