Edward Hopper "Noctambulos"
No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo
a los que no me haya doblegado.
por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te
doy,
por eso cuido tanto las cosas que te
digo.
Luis García Montero
Un pobre hidalgo de aldea, Alonso Quijano, ha inaugurado para nosotros la historia del arte de la novela mediante tres preguntas sobre la existencia: ¿Qué es la identidad de un individuo? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el amor? Milan Kundera (“El Telón)
No existe libertad que no conozca,
ni humillación o miedo
a los que no me haya doblegado.
por eso sé de amor,
por eso no medito el cuerpo que te
doy,
por eso cuido tanto las cosas que te
digo.
Luis García Montero
El geólogo
Aquí hubo un
mar hace un millón de años.
El hombre no
lo sabe, más la piedra se acuerda.
Pártela: hay
un cangrejo en sus entrañas,
todo de
piedra ya, forma magnífica
que se negó
a ser polvo.
Ante el
peñasco y el guijarro, piensa
que acaso
fueron seres dolorosos,
sangre y
pulmones palpitantes.
Entre la
ciega roca
y el trémolo
extasiado de la salamandra
tan sólo hay
tiempo.
De El país del viento, 1992.
William Ospina, (Padua, Colombia, 1954) Nació en Padua (Tolima) en 1954. Estudió
Derecho en la Universidad de Santiago de Cali y Literatura Francesa en la
Universidad de Nanterre (Francia). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía
Colcultura en 1992 con |El país
del viento. Sus poemarios son: |Hilo de arena (1986), |La Luna del Dragón (1992), Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? (1995).
Ha publicado los libros de ensayo: |Es
tarde para el hombre (1994), |Esos extraños prófugos de Occidente (1994), |Los dones y los méritos (1995)
y |Un álgebra embrujada (1995).
En el año 2006 publicó su novela Ursúa.
En 2009 ganó el Premio Rómulo Gallegos con su obra El país de la canela.
Desde un lugar que aprendo
a registrar cada mañana, vuelvo
sobre mis pasos y te aguardo
allí donde estoy solo.
Matinal
ofertorio del sueño, escribo el nombre
de tu vida, te vas desentrañando
entre las hoscas hojas conjuradas
de la noche. Eres la privación
donde me sacio, la apremiante
verdad con que te niego
cada día, el cuerpo intransitable
donde acude de nuevo lo perdido.
Vivo allí donde estuve,
junto al mar delirante, libre
velocidad inmóvil orillada
de fuego, bosque espectral
de la alegría.
¿Qué me queda
de aquel itinerario, habitaciones
clandestinas, subalternos refugios
del amor, qué me queda
después del sortilegio? Ser
feliz un instante y perderte mientras
vuelvo sobre mis pasos cada día.
José Manuel Caballero Bonald
No
vuelvas amada sensación, no vuelvas
frágil tacto tierno de tu piel,
altivez suave de tus pechos, detenidos en el aire de pronto,
no vuelvas piernas abiertas, derramados muslos,
dorada arena, rubio terciopelo de lujo,
íntimo musgo húmedo en mis manos,
mordidos labios ocultos, ácido aroma.
No vuelvas nubes de pestañas flotando,
pálida frente y azul imposible de tus ojos,
con la luz despintada que aún recuerdo
y la empapada llamarada de tu lengua.
No vuelvas vestida de ti misma y de ti misma desnuda
y veinte años resbalando en tu espalda
como un agua desbordada en la noche.
No vuelvas más amada sensación, juventud de la dicha en breves sílabas,
en letras tartamudas y el idioma implacable de tu cuerpo.
No vuelvas, mientras escapo del espejo del tiempo,
de la amortajada claridad de otro día
y recuerdo el grito de tu sangre y su fiesta escarlata,
cuando solo, más solo que mi nombre borrado,
siento cómo crecen otra vez mis colmillos.
Juan Luis Panero
Quisiera
estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.
Me gustaría
mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.
Desearía
mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.
Ángel González
MUNCH
Cuando hable con el silencio
cuando sólo tenga una cadena
de domingos grises para darte
cuando sólo tenga un lecho vacío
para compartir contigo un deseo
que no se satisface ya con los cuerpos de este mundo
cuando ya no me basten las palabras del castellano
para decirte lo que estoy mirando
cuando esté mudo de voz de ojos y de movimiento
cuando haya arrojado lejos de mí
el miedo a morir de cualquier muerte
cuando ya no tenga tiempo para ser yo
ni ganas de ser aquel que nunca he sido
cuando sólo tenga la eternidad para ofrecerte
una eternidad de nadas y de olvido
una eternidad en la que ya no podré verte
ni tocarte ni encelarte ni matarte
cuando a mí mismo ya no me responda
y no tenga día ni cuerpo
entonces seré tuyo
entonces te amaré para siempre
Homero Aridjis
|
Obras del
autor |
|
Homero
Aridjis nació en Contepec, Michoacán, el 6 de abril de 1940. |
|
Los
ojos desdoblados, La
Palabra, México, 1960. |
Tardan las
cartas y son poco
para decir lo que uno quiere.
Después pasan los años, y la vida
(demasiado confusa para explicar por carta)
nos hará más perdidos.
Los unos en los otros, iguales a las sombras
al fondo un pasillo desvayéndonos,
viviremos de luz involuntaria
pero sólo un instante, porque ya el recuerdo
será como un puñado de conchas recogidas,
tan hermoso en sí mismo que no devuelve nunca
las palmeras felices y el mar trémulo.
Todo fue
hace minutos: dos amigos
hemos visto tu rostro terriblemente serio
queriendo sonreír.
Has desaparecido.
Y estamos los dos solos y en silencio,
en medio de este día de domingo,
bellísimo de mayo, con matrimonios jóvenes
y niños excitados que gritaban
al levantarse tu avión.
Ahora las montañas parecen más cercanas.
Y, por primera vez,
pensamos en nosotros.
A solas con
tu imagen,
cada cual se conoce por este sentimiento
de cansancio, que es dulce —como un brillo de lágrimas
que empaña la memoria de estos días,
esta extraña semana.
Y el mal que
nos hacemos,
como el que a ti te hicimos, lo inevitablemente
amargo de esta vida en la que siempre, siempre,
somos peores que nosotros mismos,
acaso resucite un viejo sueño
sabido y olvidado.
El sueño de ser buenos y felices.
Porque sueño
y recuerdo tienen fuerza
para obligar la vida,
aunque sean no más que un límite imposible.
Si este mar de proyectos
y tentativas naufragadas,
este torpe tapiz a cada instante
tejido y destejido,
esta guerra perdida,
nuestra vida,
da de sí alguna vez un sentimiento digno,
un acto verdadero,
en él tu estarás para siempre asociado
a mi amigo y a mí. No te habremos perdido.
Jaime Gil de Biedma