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viernes, 27 de julio de 2012

Basilio Rodriguez Cañada "Adolescencia"


La angustia y el desamor
pintaron las baldosas que antaño
deslizaron la cuerda y el aro.
Tu risa insolente, la dejadez altiva
ese confundir las realidades.
Aún no imagino cómo haces el amor.

sábado, 21 de julio de 2012

Dulce Chacon "La ruptura"


Las partes son infinitas
el todo no.                                                                                                                     (Leopoldo Castilla)

Te partirás en dos
y la inquietud
prenderá sus alas
en uno de tus hombros.

Es la mejor mitad
la que alza el vuelo,
la que conserva la sonrisa
y busca
una nueva disgregación.

                               

viernes, 20 de julio de 2012

Julio Cortazar "Si he de vivir"


Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento,
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de espuma, y en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me dé paz.
No aprenderé por eso a quererte mejor,
pero desalojado de la felicidad
sabré cuánta me dabas con solamente a veces estar cerca.
Esto creo entenderlo, pero me engaño:
hará falta la escarcha del dintel
para que el guarecido en el portal comprenda
la luz del comedor, los manteles de leche, y el aroma
del pan que pasa su morena mano por la hendija.
Tan lejos ya de ti
como un ojo del otro,
de esta asumida adversidad
nacerá la mirada que por fin te merezca.

Julio Cortázar, en “Salvo el crepúsculo”, 1984

martes, 17 de julio de 2012

Federico Garcia Lorca "El poeta dice la verdad"


                Quiero llorar mi pena y te lo digo
             para que tú me quieras y me llores
             en un anochecer de ruiseñores
             con un puñal, con besos y contigo.
Quiero matar al único testigo
             para el asesinato de mis flores
             y convertir mi llanto y mis sudores
             en eterno montón de duro trigo.
Que no se acabe nunca la madeja
             del  te quiero me quieres, siempre ardida
             con día, grito, sal y luna vieja:
Que lo que me des y no te pida
             será para la muerte, que no deja
             ni sombra por la carne estremecida.

Juan Carlos Mestre (España 1957) "Cavalo morto"

 

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.                           

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola tarde forrada con tela de gabardina.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras con el timbre de las bicicletas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.




Gabriel Ferrater "Niebla"

                                 
Mucho antes de que te vuelvas vieja y gris,
la sombra de mi nube sobre la extensión
de naturaleza y cultivos: tu tierra,
como un leve copo  de ceniza, imperceptible                                                                               para todos ellos, pero aun no para ti,
cuando se la lleve un último viento pálido,
se rizará convulsa  por el adiós,
y te dejará el recuerdo de un frío caduco.
      

 Sé cómo, después, se les abrirán los caminos
del sol, cuando, dentro de la múltiple sorpresa
de hojas nobles, les aguijonee el oído
la ágil flauta infernal de tu mediodía.
     

  Lo sé yo, que ahora anieblo tu profundo
crepúsculo matinal. Todo yo desespero
por levantarme, me emparro en zarzas
y anego en  llantos arroyados de incertidumbre.

viernes, 13 de julio de 2012

Juan Luis Panero "Memoria de la carne"


Por la noche, con la luz apagada,
miraba a través de los cristales,
entre los conocidos huecos de la persiana.
Como un rito o una extraña costumbre
la escena se repetía, día tras día,
igual siempre a sí misma.
Frente a frente su ventana,
la veía aparecer y bajo la tenue claridad de la luz,
lentamente, irse haciendo desnuda.
Sus ropas caían sobre la silla,
primero grandes, luego más pequeñas,
hasta llegar al ocre color de su cuerpo.
Andando o sentada, sus movimientos tenían
la inútil inocencia del que no se cree observado
y la imprevista ternura del cansancio.
Cuando todo volvía a la oscuridad,
los apresurados golpes del corazón
se aquietaban con una sosegada plenitud.
De quien así, ocultamente deseé,
nunca supe su nombre
y el romper de su risa es aún el vacío.
Sin embargo allí, en la perdida frontera de los catorce años,
por encima del Latín imposible
y de los misteriosos números de la Química,
el temblor detenido de mis manos,
la turbia fijeza de mis ojos sobre ella, permanecen,
dando fe de aquel tiempo, memoria de la carne

domingo, 1 de julio de 2012

Julio Mariscal Montes

Te quería, lo sé.
Lo supe luego, cuando tu ausencia reposó mi sangre.
Pero andaba la lepra del deseo tan aína en el labio
que iba a decir –estrella-,
y se trocaba en madrugada de coñac y sombra...
Y ahora que vuelve el viento de las cinco
a levantar castillos en mi frente,
y las nubes de otoño arremolinan tu recuerdo
en el cuenco de mi mano,
necesito vestir mi voz de tarde
con citas y alamedas de domingo,
para decirte, amor, cómo te quise,
cómo te quiero todavía,
aunque sé que mi voz ha de perderse
en el largo sahara de tu olvido....


                                                        Julio Mariscal  Montes.

El Quijote I, 18



...Y has de saber,  Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla de Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha, es el de su enemigo, rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo,
porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.....................
.....y pusiéronse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a  don Quijote se le hicieron ejercito, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir:                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
   Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado,rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran  duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbaran de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta, que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos estotra parte, y verás delante y en la frente destroto ejercito al siempre vencedor y jamás vencido  Timonel de Carcajona, principe de la Nueva Vizcaya,  que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el  escudo un gato de oro en campo leonado,  con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que según se dice, es la sin par,  Miulina, hija del duque Alfeñiquen del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque,  que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte......
Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y de cuando volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y como no descubría a ninguno, le dijo: -Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced  dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá  todo debe ser encantamiento, como las fantasmas de anoche.
-¿Cómo dices eso? –respondió don Quijote-: ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
-No oigo otra cosa- respondió Sancho- sino muchos balidos de ovejas y carneros.

                                                        Quijote, I, 18.

OLIVEIRO GIRONDO "No me importa.."


 No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exhibición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
 Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
 ¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
 ¡María Luisa era una verdadera pluma!
 Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
 ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”… y a los pocos segundos ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera…, aunque nos haga ver, de vez en cuando las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes, la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.